Las Clarisas de Jerusalén: ocho siglos de oración y santidad en Tierra Santa
Fr. GIUSEPPE GAFFURINI, OFM Presidente de la Comunidad del Santo Sepulcro
Nos encontramos aquí, en el monasterio de las Clarisas en Jerusalén. Seguimos celebrando el octavo centenario del tránsito de nuestro Padre Seráfico, Francisco. Nos pareció oportuno visitar a nuestras hermanas, las Clarisas, quienes durante siglos han encarnado la presencia y la preocupación de San Francisco —y, cabe añadir, no solo de San Francisco, sino también de santa Clara— por esta tierra. Madre, debemos remontarnos al siglo XIII, a Acre.
Sor MARÍA DE NAZARET, OSC Abadesa del monasterio de Clarisas en Jerusalén
La primera presencia de las Clarisas en Tierra Santa se remonta a finales del siglo XIII. Tenemos constancia del martirio de las setenta Clarisas de Acre; toda la comunidad fue asesinada. Fue un acto de gran valentía y una presencia significativa junto a los frailes.
Una historia marcada por la sangre de los mártires: las Clarisas de Acre y los más de dos mil frailes que, a lo largo de los siglos, dieron su vida en Tierra Santa. Tras Acre, la presencia de las clarisas desapareció durante siglos. Regresó en 1884, cuando un grupo de monjas francesas partió de Paray-le-Monial, la ciudad del Sagrado Corazón. Siguiendo las indicaciones del patriarca, fundaron primero un monasterio en Nazaret. Cuatro años más tarde, llegaron a Jerusalén.
La Madre Isabel del Calvario deseaba fundar un monasterio a los pies del Calvario, arraigado en la espiritualidad del Sagrado Corazón: un monasterio dedicado a la reparación, la adoración y la oración continua en la Ciudad Santa de Jerusalén.
Una devoción que perdura hasta el día de hoy en la iglesia del monasterio, la cual fue renovada recientemente y consagrada al Sagrado Corazón.
Es aquí donde se entrelazan diversas historias de santidad. La Madre Isabel conoció a san Carlos de Foucauld, quien trabajó como jardinero para las clarisas en Nazaret; fue ella quien lo orientó hacia el sacerdocio.
La Sierva de Dios sor María de la Trinidad —quien provenía de un entorno protestante y fue amiga de la mística Adrienne von Speyr— también vivió en el monasterio de Jerusalén.
Vivió aquí solo cuatro años, pero fue una figura importante: una santidad silenciosa y oculta. A petición de su confesor, puso sus notas por escrito; estas dieron lugar al ‘Coloquio interior’, que desde entonces ha sido traducido a trece idiomas. Fue el pueblo de Dios, de todas partes del mundo, quien solicitó la apertura del proceso de canonización. Damos gracias a nuestro patriarca, Pierbattista, por haberlo iniciado.
En el monasterio viven actualmente catorce hermanas de diversas nacionalidades, cuya diversidad enriquece su vida de oración: esta se desarrolla en italiano, con partes en francés, hebreo y árabe, incorporando también el inglés y el español. Se trata de una liturgia sencilla que acoge a los peregrinos, permitiéndoles rezar en sus propias lenguas.
Esto refleja la universalidad de Jerusalén. Nos esforzamos por mantener abiertas las puertas de nuestros corazones —para acoger tanto la Palabra de Dios como a nuestros hermanos—, tal como Francisco llegó aquí siendo un peregrino de paz. De Francisco y Clara hemos heredado un estilo de vida que nos llama a ser mujeres de paz.
Para mantener esta presencia, se necesitan nuevas vocaciones. Desde 1888, el monasterio ha acogido a hermanas de todo el mundo, invitando a todas las clarisas a experimentar la vida en Tierra Santa; un deseo compartido por San Francisco, quien llegó a Oriente sin armas. También Santa Clara poseía un corazón misionero: llegó a soñar con el martirio en Marruecos, y su madre, Ortolana, fue peregrina en Tierra Santa.
Vivir en Jerusalén es una vocación dentro de la vocación. Si una hermana escucha la voz del Señor que le dice: «Ve a Jerusalén a vivir la vida franciscano-clarisa y a dar testimonio de mi amor», es necesario escuchar y brindarle la oportunidad de discernir esa llamada.
Fr. GIUSEPPE GAFFURINI, OFM Presidente de la Comunidad del Santo Sepulcro
Pronunciemos una palabra de paz en medio de toda esta historia, en medio de todo este tejido de santidad.
Sor MARÍA DE NAZARET, OSC Abadesa del monasterio de Clarisas en Jerusalén
La palabra de paz es la bendición de santa Clara: «Que el Señor te bendiga y te proteja. Que Él te muestre su rostro y tenga misericordia de ti. Que Él vuelva su mirada hacia ti y te conceda su paz».
Es una bendición para cada hombre y mujer, ya sean musulmanes, judíos o cristianos. Siete veces al día, la campana llama a las hermanas a la oración, mientras a su alrededor se elevan plegarias en sinagogas y mezquitas. En esta tierra donde el Verbo se hizo carne, se proclama cada día: Dios está con nosotros hasta el fin de los tiempos.
Os dejo el vídeo de este encuentro:
*Tomado de Christian Media Center
También os dejo información del proyecto solidario que tenemos en la Comisaria de Tierra Santa de este Convento:
La hermana Guadalupe del Convento de las clarisas de Jerusalén nos pide ayuda para dos operaciones
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